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La historia interminable II

Buscando la clave

Buscando la clave

La primera persona que conteste correctamente una de las tres cuestiones siguientes obtendrá un punto extra en el examen sobre la Generación del 27. ¡Ah! Y habrá que explicarlo en clase

1º) Publica el manifiesto "Sobre una poesía sin pureza" y explica quién fue su autor, contra quién lo escribe y en quiénes y cómo influye.

2ª) Enlaza a la versión musicada de el poema "Asturias" de Pedro Garfias o a la de "Balada para los poetas andaluces de hoy" de Alberti. Incluye las letras, explica quién las canta, cuándo estuvieron de moda y coméntalas brevemente. Son dos cuestiones independientes con el mismo planteamiento.

¡Suerte! Y no os precipitéis...

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Día de otoño

 

Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
y suelta los vientos por las llanuras.

Haz que sazonen los últimos frutos;
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y mete
en el vino espeso el postrer dulzor.

No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas.


R.M.Rilke

¡Presentes!

¡Presentes!

José Mª Agüera Lorente

Se acuerda el hombre del niño que iba al pueblo a visitar a sus abuelos de tanto en tanto. Llevado por sus padres iba obligado a cumplir con un deber familiar ingrato para él por romper con su confortable rutina festiva. Había algo, no obstante, que atenuaba en cierta medida el enojo que inevitablemente le causaban tales visitas: cuando había pasado un tiempo prudencial con sus abuelos, habiendo recibido los besos prescriptivos -siempre más de los que él consideraba necesarios para expresar cariño- salía de su casa corriendo hacia la plaza de la iglesia. Allí iba a pasar el tiempo que todavía tenía que transcurrir hasta volver a su hogar, jugando con los niños que todos los domingos se juntaban por la tarde.

A un niño cuya vida cotidiana transcurría en la capital le resultaba acogedor aquel espacio donde todo se hallaba bien definido, ordenado, fácil de identificar: la iglesia, el ayuntamiento, el cuartel de la guardia civil, la botica, el cine. Cada cosa en su sitio, y el espacio, como un seno perceptible receptor de presencias. En la gran ciudad, la escena siempre era un entorno abigarrado, todo presencia que ahogaba el espacio. (Esto -ni que decir tiene- no lo pensaba así el niño de entonces. Lo piensa el adulto en el que se ha convertido rememorándolo desde el presente.)

La iglesia, por supuesto, era el edificio protagonista. Frente a su fachada principal, modesta pero barrocamente coqueta, jugaban los niños a la pelota y las niñas a la comba. En cierta ocasión  el niño descubrió en aquella pared una lápida en la que había una lista de nombres grabada. La precedía una frase que le estremeció al leerla: "muertos por Dios y por la patria"; y tras el nombre que la cerraba aparecía en letras más grandes: "¡presentes!". Así que muertos, pero presentes. Intuyó el niño que ahí había un misterio, uno de esos misterios que los adultos se guardaban para sí, hurtándolo a la voraz curiosidad infantil, de modo que se  pudiera mantener a los menores en un prolongado estado de ignorancia que concedía a los mayores una vital ventaja. A él esa palabra, "presentes", le remitía al momento indefectible de todos los días, cuando su maestro pasaba lista en el colegio. Te nombraban y tú tenías que decir: "¡presente!". Era la palabra del control, el santo y seña exigido por la autoridad para sancionar según lo debido el correcto empleo de tu tiempo. Pero era el tiempo de los vivos, no el de los muertos. Se le antojaba a ese niño del que se acuerda el adulto que  los muertos eran los ausentes, pues ya no estaban...  Quedaban, pues, fuera del control del tiempo.

Cree el adulto que entonces fue cuando empezó a ser consciente de sufrir episodios de ausencia. Lo recuerda mientras mira por enésima vez el reloj en el trabajo, esperando a que se apresuren los minutos de modo que pueda cumplir cuanto antes con su cuota de presencia laboral y así poder fichar en la máquina de control horario. Se pregunta si no se ha ido ya, si no está ya ausente. Mira a su alrededor, a sus compañeros, muchos de los cuales se quedarán incluso después de haber cumplido con su tiempo de presencia obligada, por aquello de que los jefes los vean en sus lugares de trabajo más allá de la hora debida, y aunque –como los nombres de la lápida de la iglesia del pueblo de sus abuelos– se hallen hace tiempo ausentes. 

El hombre recurre de nuevo a sus recuerdos de infancia, y piensa que es como en los juegos; también para los mayores el disimulo es vital. Y así la mera presencia, sin necesidad del auxilio del lenguaje, se erige ella misma en mentira, frente a la ausencia, que puede ser verdad; quiere decir que quien está puede que lo haga en el mundo de la apariencia, y el que no, nos coloque ante la cruda verdad. ¿Quién dijo que la verdad tuviese que tener siempre un contenido? Puede ser que su desvelamiento nos asome al vacío. Ay, cómo nos vamos alejando de esos niños en el recreo, que se re-crean, se crean a sí mismos una y otra vez, plenamente presentes en el reconocimiento de sí mismos. ¿Es por eso que en la infancia parece el tiempo discurrir parsimoniosamente? Diríase que la vida es un camino que se aleja de nosotros mismos hacia la ausencia eterna que es la muerte. El tiempo presente es ya ausencia.

¡Qué maravillosa obra de la naturaleza es el hombre, capaz de vivir desdoblado, presente y ausente a la vez! ¿Cómo era aquel relato que leyó en el bachillerato y que le fascinó? El vizconde demediado; en él, su autor, Italo Calvino, imagina la historia del vizconde de Terralba, quien fue partido en dos por un cañonazo de los turcos y cuyas dos mitades continuaron viviendo por separado. ¿No somos todos como Medardo de Terralba? ¿No somos súbditos, a nuestro pesar, de dos reinos: el de lo que es y el de lo que pudo ser y no fue, siempre ausentes en alguno de los dos? Nuestro hombre sí, sin duda –piensa, mientras observa al compañero que tiene más cercano en el despacho haciendo solitarios en el ordenador mientras deja pasar el tiempo, eso sí, presente, pero estando en ausencia. Repara entonces en el báculo de la tecnología para dar mayor asiento sensitivo a nuestra querencia por ausentarnos del mundo, que queda opaco a nuestra presencia merced a la pantalla. Ya no somos seres reales con cuerpos que están en lugares reales. Por obra y gracia de la magia cibernética somos mentes desligadas de sus cuerpos, en ausencia. Rara vez nos dejamos acoger por el mundo, pues solo transitamos, y si estamos, estamos en ausencia.

Donde está nuestra atención, siempre cautiva de la obligación y dispersa entre mil estímulos, cantos de sirena de un mundo virtual pero arrebatador, es donde estamos. Lo real necesita para existir humanamente, para ser mundo, para ser cosa con significado,  la importancia que le otorga nuestra atención. Gran responsabilidad para el humano. Pero a las cosas no les prestamos atención porque sean importantes; son importantes porque les prestamos atención. Estamos allí a donde atendemos. La plenitud se da cuando nuestra atención ama lo que atiende y entonces el estar nos colma de deleite y somos, íntegramente. En ello va la verdad de nuestro estar sin dobleces: el hombre íntegro, no el demediado, es aquel cuya mera presencia es aval suficiente para tener certeza de quien es. Su estar y su ser son uno y lo mismo: plenitud. El mundo es acogedor entonces.

¡Cuánto tiempo estamos donde no deseamos estar y, por consiguiente ausentes! Alienación moderna la del horario, que nos hace estar en ausencia, ya pre-ocupados por donde hemos de estar y no estamos, limbo del ser enajenado que nos conmina a vivir fuera de nosotros, sujetos a la pauta rutinaria que lastra nuestra (re)creatividad, pues nuestra presencia no nos pertenece, ya que es el tiempo en el que estamos, pero somos ausentes. Santa Mediocritas, patrona de los burócratas, tu presencia es tu impostura. La soledad es tu epifanía, que no conjura el estar con los demás, cáscara inerte del ser.

Al fin nuestro hombre certifica su salida en la máquina de control horario y abandona el lugar de trabajo. De vuelta a casa en el coche oye la radio: el presidente de Google España es entrevistado. Se muestra orgulloso de que en una empresa tan exitosa como la suya no haya horarios para sus empleados. Éstos se organizan el tiempo como creen conveniente y ello, a juzgar por los resultados, mejora su rendimiento. 

Los principios de la vida buena no bastan; han de ser convalidados por el supremo criterio de la economía.

Madame Bovary c'est pas moi!

Madame Bovary c'est pas moi!

No ha sido nunca Emma Bovary santa de mi devoción, a pesar de (o quizás por) el momento temprano en el que tuve el dudoso placer de conocerla. Y tenía que ser precisamente ella la que consiguiera que me anime a escribir; a mí, tan mal acostumbrada a que haya quienes casi se baten en duelo por la escritura de la reseña. No se tratará en este comentario, que se quiere breve y necesariamente incompleto, de desenredar los muy diversos hilos que no llegamos a tejer a lo largo de la reunión celebrada el pasado 29 de octubre, ni de añadir todavía alguno más. La intención de mi comentario será explicar, explicarme quizás, las razones de mi falta de empatía.

Madame Bovary es la historia de una mujer implacablemente castigada por la audacia de atreverse a hacer realidad sus deseos, una mujer insatisfecha con su vida que busca en el adulterio y en el materialismo consumista la salida de su infelicidad. Bovarismo es el término empleado para referirse al estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones y la realidad que las frustra. El baile de la Vaubyessard (que nos llevó a abrir la tertulia con el análisis de un poema de Aleixandre en el que Antonio Ávila evidenció el contraste entre las convenciones sociales y su ruptura, propiciada por el frenesí del vals, con esa “desnudez cabeza abajo”) puede situar para algunos lectores el inicio del delirio de Emma, que comprueba cómo todo lo que ha leído y soñado puede ser real. (“los ojos de Emma se volvían automáticamente a este hombre de labios colgantes como a algo extraordinario y augusto. ¡Había vivido en la Corte y se había acostado con reinas!”). Desde ese momento Emma convierte en horizonte de vida un ideal en permanente conflicto con la chata realidad que la rodea, pero un ideal que se revela como algo tan inane, tan insulso, tan gris como todo lo que tan vehementemente rechaza.

¿Un Quijote con faldas? ¿Dónde está la grandeza de Emma? Su insatisfacción vital no puede explicarse solo por su condición femenina, dado que la crisis de creencias y valores que sumió en el hastío a toda una generación (que no encontró en la Ilustración las luces que iluminaran los rincones más recónditos del alma) podemos rastrearla en todos los protagonistas románticos, comenzando por el desgraciado y conmovedor Werther. Y es la voz que llama hipócrita al lector en Las Flores del Mal. Mal du siècle, lo llamó Chateaubriand, uno de los pilares del Romanticismo francés. “D’où venait donc cette insuffisance de la vie, cette pourriture instantanée des choses où elle s’appuyait?”

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El error de Emma no es aspirar a realizar su sueño, como afirma Vargas Llosa en La orgía perpetua. Ese es el error de Alonso Quijano, un error del que solo sale para morir, después de abominar de la locura sublime que había hecho de él el último héroe. Ese error lo hace grande, porque el no busca la victoria sino el enaltecimiento de su dama; no la gloria, sino la restitución de los viejos ideales de la caballería: generoso, enamorado, olvidado de sí mismo, Alonso Quijano se engrandece en cada uno de sus fracasos. Egoísta, mezquina en sus aspiraciones, olvidada de todo lo que no sea ella misma, Emma se envilece, se empobrece en la misma medida en la que sus aspiraciones al lujo y a la voluptuosidad se satisfacen.

Como hemos dicho más arriba, Emma no sufre por ser mujer. Si su proyecto de vida se revela quimérico e imposible, lo es solo en la medida en la que lo es el de cualquiera que aspira al ideal. La realidad y el deseo son irreconciliables y el choque solo puede ser doloroso. Todavía habrá que esperar medio siglo a que Freud explicara cómo la sublimación del instinto sexual es la responsable de todos los logros alcanzados por el ser humano en la esfera artística e intelectual; que toda la energía que no se despliega en el erotismo puede transformarse en fuerza creadora de índole espiritual y es la responsable de la poesía, del arte, de la cultura, de los grandes y más perdurables logros de la Humanidad. Pero hasta el más insignificante de los románticos habían buscado en el destino heroico, en la originalidad creadora, en la defensa de la dignidad humana, algunas de las posibilidades de evasión necesaria de la realidad circundante. Más tarde serán los paraísos artificiales. Emma, sin embargo, fuera del adulterio y de las compras compulsivas, apenas ensaya más solución a su spleen que la fugaz dedicación a las tareas domésticas y a esa maternidad que, ¡cómo no!, la aburre infinitamente.

Ana Ozores, nuestra Madame Bovary, bascula entre la exaltación mística y sus necesidades físicas y busca refugio en la lectura, en la escritura y en la propia complejidad de esos deseos suyos en irreconciliable contradicción. Evoluciona y madura ante nuestros ojos lectores, a pesar de la presión asfixiante del ambiente mediocre y turbio en el que se ve obligada a moverse. Y no puede ser la víctima de su autor: hasta en el rechazo último y violento del Magistral y en el beso de Celedonio, sigue habiendo grandeza en Ana. Emma, sin embargo, no encuentra consuelo ni en la música, ni en el arte, ni en las lecturas que la habían envenenado, ni en la religión, ni en la naturaleza, ni en el amor adúltero que se le revela también insuficiente: “Ocurrió con sus lecturas lo mismo que con sus labores; que, una vez comenzadas, todas iban a parar al armario; las tomaba, las dejaba, pasaba a otras”. O “Se conocían demasiado para experimentar esa sorpresa de la posesión que multiplica por cien los goces que proporciona. Ella estaba tan asqueada de él –de Léon, su segundo amante- como él cansado de ella. Emma encontraba en el adulterio todas las miserias del matrimonio.”