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La historia interminable II

Sobre vampiros y crepúsculos

Sobre vampiros y crepúsculos

Si bien la mitología del vampiro está ampliamente extendida en numerosas culturas primitivas, de todos es sabido que el vampiro literario surge en el siglo XIX al calor del romanticismo y su atracción por los recovecos del alma humana que la lámpara de la Razón no logra iluminar.

En el año 1800 un autor alemán publica Inglaterra un relato de vampiros, Wake not the Dead, de inmediato éxito como consecuencia del interés por hacer presente el lado oscuro e inexplicable del alma humana, como reacción al optimismo dieciochesco y a su infinita confianza en el pensamiento racional. "El corazón tiene razones que la razón no conoce", había afirmado más de un siglo antes Blaise Pascal.

En el famoso y extrañamente poco estival verano que Lord Byron, Percy B. Shelley y su esposa Mary y el doctor Polidori pasaron a orillas del lago Lémans (recreado en las película Gothic o en Remando al viento) se termina de dar forma a nuestro atractivo protagonista. Una noche, Byron desafía a sus amigos a escribir una historia sobre espectros. Junto al Frankesnstein (significativamente subtitulado El nuevo Prometeo y llevado al cine en una soberbia adaptación de Kenneth Branagh) de Mary Shelley, se recrea El Vampiro en un relato de Polidori. Así nace el monstruo taciturno, seductor, y sediento de la sangre de hermosas doncellas.

La aportación de James Rymer, con Varney el Vampiro, son los largos y afilados colmillos, que sirven para morder en el cuello a las víctimas.

El relato mas estilizado hasta ese momento se lo debemos a Sheridan Le Fanu, autor irlandes quien en 1858, deprimido por la muerte de su esposa, da a luz la magnífica Carmilla.  Esta gloriosa vampira, bellísima y seductora, es a la vez la primera vampira lesbiana.

Fue en 1887 cuando aparece el mas famoso y deslumbrante de los vampiros, el rey de todos ellos, Drácula, la inmortal novela de Bram Stoker, también llevada al cine espléndidamente por F.F. Coppola.

Desde entonces, la atracción enfermiza por estos seres malditos ha crecido imparablemente. Películas, series, cómics o relatos han adaptado, con mayor o menor fortuna y originalidad, el mito del vampiro. ¿Qué los hace inmortales también a nivel literario? Esa fascinante mezcla de sangre, sexo y eterna y dolorosa juventud.

La última y exitosa reelaboración del mito (si prescindimos del sureño protagonista de True blood) es el protagonista de la saga Crepúsculo. Y aquí queríamos llegar: porque no hay condenado más blandengue, más inofensivo, más mojigato que el Edward de Stéphenie Meyer.

Y se impone reivindicar el auténtico vampiro, mucho más peligroso en sus aspiraciones de vida eterna, fatalmente truncadas por el hastío infinito que se apoderaría de quien pudiera vivir para siempre.

http://unblogsupuestamentedivertido.megustaescribir.com/2011/11/21/82/

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