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La historia interminable II
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¿Qué les voy a decir?

¿Qué les voy a decir?

¿Qué les voy a decir?

Comienza un nuevo curso académico. El profesor, como en el mito de Sísifo, vuelve a encontrarse con la roca al pie de la montaña. En su caso la fatalidad no proviene de allende los hados; radica en su consciencia de que en su trabajo siempre habrá una importante cuota de fracaso. Es un trabajo que no luce en ningún momento culminante, nunca está acabado. Es una tarea del día a día que pocos reconocen, porque es silenciosa. No hay en el proceso ningún momento que cause admiración en la cultura triunfante del espectáculo. De hecho -recuerda el profesor- que en algún que otro anuncio publicitario de la televisión, el estereotipo que lo representa ante la sociedad es el de ejecutor de una tarea monótona, aburrida, ante jóvenes que apenas pueden disimular sus bostezos y que han de reprimir su vitalidad creativa (y ansiosa por consumir lo que se les publicita). ¡Qué lejos de ese héroe del balompié que mete un gol con el que justifica instantáneamente los millones que recibe por su valiosísima tarea social!

Oye el profesor en este enésimo inicio del curso, como suele ser habitual por estas fechas, debates en la radio, y también lee sesudas reflexiones de sociólogos y pedagogos en la prensa en torno a la educación en nuestro país. Estos tejedores de esa abstracción conocida como opinión pública hablan de fracaso escolar y de modelo educativo y productivo y de FUTURO (sí, así, con mayúsculas). “Sustituyamos el ladrillo por la neurona”, proclama algún gerifalte portavoz de uno de esos organismos internacionales que pontifican sobre el desarrollo de la economía en el mundo. Y concluyen a coro que hace falta “un gran pacto de Estado por la educación”. El profesor ríe por no llorar. Él, que es ya de largo un veterano en la brega de la enseñanza pública, no espera nada –nada bueno, se entiende- de los políticos. A este respecto le viene al recuerdo esa cita de Einstein, que sus alumnos todos le han oído en alguno ocasión aunque pocos recordarán, y que reza: “existen dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, aunque de lo primero no estoy seguro”. Ya hace tiempo que sabe que en nuestro Estado la educación es un asunto ideológico; que mediante todas esas leyes que, en cascada, se han sucedido desde que él empezó a enseñar, aderezadas con órdenes, decretos, circulares y normativas varias, no parecen existir indicios objetivos de una mejora de la calidad de la enseñanza, quizá porque en realidad nadie sabe medirla, porque nadie sabe definirla. (Es que este profesor es escéptico respecto a que todo sea cuantificable sin que perdamos noción de su esencia). Lo que sí experimenta -y en esto reconoce que su juicio puede errar presa de un cierto delirio paranoide-, es algo que, a falta de más precisa denominación, sólo atina a llamar síndrome del muñeco de ventrílocuo. Diríase que al profesor se le exige que eduque de acuerdo con ciertas directrices políticas y para ciertos fines económicos. No puede evitar preguntarse si aún tiene sentido invocar lo que para él siempre constituyó el germen del libre pensamiento de sus alumnos, la libertad de cátedra, fundamentada en el conocimiento del profesor; porque para él es evidente que ha sido sacrificada en aras a la uniformidad de un ideario hipócrita de lo políticamente correcto. Inspeccionado institucionalmente parece desconfiarse de él, se pone en duda sus competencias docentes y evaluadoras; hay quien incluso desde los aludidos crisoles de la opinión pública afirma con autoridad que uno de los problemas de nuestra educación son los profesores, incapaces de estar a la altura de los retos del siglo XXI, anacrónicos tecnológicamente y empecinados en seguir enseñando según los cánones magistrales del siglo XIX.

Pero lo cierto es que en este momento, a pocos días del comienzo de las clases, el profesor no presta atención a todo esto. Le preocupa el primer día de clase, cuando tenga que enfrentarse a sus alumnos. ¿Qué les va a decir? Él quisiera hablarles del amor al conocimiento, pero duda que tenga sentido para ellos, que viven inmersos en un frenético universo mediático en el que triunfa la opinión que más seduce en la arena del circo de las pantallas, no la que más verdad contiene. Y hablarles de honestidad se torna dolorosamente ingenuo, pues a donde miren encontrarán ejemplos en abundancia de lo contrario entre los próceres de la patria. ¿Pueden reconocer el valor del pensamiento crítico en una sociedad en la que parece premiarse la mediocridad miedosa de quienes hacen carrera mediante la práctica de la loa incondicional a los poderosos, mientras prosigue sin fin el éxodo de los jóvenes que cultivan con denuedo sus talentos?

Así, el profesor se ve a sí mismo como un perfecto inútil, incapaz de ofrecer nada que sus alumnos puedan desear; solo, en una tarea en la que pocos en nuestra sociedad demuestran un genuino compromiso.

(Foto: El muro de Pink Floyd y Alan Parker)

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