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La historia interminable II

Cajón de sastre

¡Presentes!

¡Presentes!

José Mª Agüera Lorente

Se acuerda el hombre del niño que iba al pueblo a visitar a sus abuelos de tanto en tanto. Llevado por sus padres iba obligado a cumplir con un deber familiar ingrato para él por romper con su confortable rutina festiva. Había algo, no obstante, que atenuaba en cierta medida el enojo que inevitablemente le causaban tales visitas: cuando había pasado un tiempo prudencial con sus abuelos, habiendo recibido los besos prescriptivos -siempre más de los que él consideraba necesarios para expresar cariño- salía de su casa corriendo hacia la plaza de la iglesia. Allí iba a pasar el tiempo que todavía tenía que transcurrir hasta volver a su hogar, jugando con los niños que todos los domingos se juntaban por la tarde.

A un niño cuya vida cotidiana transcurría en la capital le resultaba acogedor aquel espacio donde todo se hallaba bien definido, ordenado, fácil de identificar: la iglesia, el ayuntamiento, el cuartel de la guardia civil, la botica, el cine. Cada cosa en su sitio, y el espacio, como un seno perceptible receptor de presencias. En la gran ciudad, la escena siempre era un entorno abigarrado, todo presencia que ahogaba el espacio. (Esto -ni que decir tiene- no lo pensaba así el niño de entonces. Lo piensa el adulto en el que se ha convertido rememorándolo desde el presente.)

La iglesia, por supuesto, era el edificio protagonista. Frente a su fachada principal, modesta pero barrocamente coqueta, jugaban los niños a la pelota y las niñas a la comba. En cierta ocasión  el niño descubrió en aquella pared una lápida en la que había una lista de nombres grabada. La precedía una frase que le estremeció al leerla: "muertos por Dios y por la patria"; y tras el nombre que la cerraba aparecía en letras más grandes: "¡presentes!". Así que muertos, pero presentes. Intuyó el niño que ahí había un misterio, uno de esos misterios que los adultos se guardaban para sí, hurtándolo a la voraz curiosidad infantil, de modo que se  pudiera mantener a los menores en un prolongado estado de ignorancia que concedía a los mayores una vital ventaja. A él esa palabra, "presentes", le remitía al momento indefectible de todos los días, cuando su maestro pasaba lista en el colegio. Te nombraban y tú tenías que decir: "¡presente!". Era la palabra del control, el santo y seña exigido por la autoridad para sancionar según lo debido el correcto empleo de tu tiempo. Pero era el tiempo de los vivos, no el de los muertos. Se le antojaba a ese niño del que se acuerda el adulto que  los muertos eran los ausentes, pues ya no estaban...  Quedaban, pues, fuera del control del tiempo.

Cree el adulto que entonces fue cuando empezó a ser consciente de sufrir episodios de ausencia. Lo recuerda mientras mira por enésima vez el reloj en el trabajo, esperando a que se apresuren los minutos de modo que pueda cumplir cuanto antes con su cuota de presencia laboral y así poder fichar en la máquina de control horario. Se pregunta si no se ha ido ya, si no está ya ausente. Mira a su alrededor, a sus compañeros, muchos de los cuales se quedarán incluso después de haber cumplido con su tiempo de presencia obligada, por aquello de que los jefes los vean en sus lugares de trabajo más allá de la hora debida, y aunque –como los nombres de la lápida de la iglesia del pueblo de sus abuelos– se hallen hace tiempo ausentes. 

El hombre recurre de nuevo a sus recuerdos de infancia, y piensa que es como en los juegos; también para los mayores el disimulo es vital. Y así la mera presencia, sin necesidad del auxilio del lenguaje, se erige ella misma en mentira, frente a la ausencia, que puede ser verdad; quiere decir que quien está puede que lo haga en el mundo de la apariencia, y el que no, nos coloque ante la cruda verdad. ¿Quién dijo que la verdad tuviese que tener siempre un contenido? Puede ser que su desvelamiento nos asome al vacío. Ay, cómo nos vamos alejando de esos niños en el recreo, que se re-crean, se crean a sí mismos una y otra vez, plenamente presentes en el reconocimiento de sí mismos. ¿Es por eso que en la infancia parece el tiempo discurrir parsimoniosamente? Diríase que la vida es un camino que se aleja de nosotros mismos hacia la ausencia eterna que es la muerte. El tiempo presente es ya ausencia.

¡Qué maravillosa obra de la naturaleza es el hombre, capaz de vivir desdoblado, presente y ausente a la vez! ¿Cómo era aquel relato que leyó en el bachillerato y que le fascinó? El vizconde demediado; en él, su autor, Italo Calvino, imagina la historia del vizconde de Terralba, quien fue partido en dos por un cañonazo de los turcos y cuyas dos mitades continuaron viviendo por separado. ¿No somos todos como Medardo de Terralba? ¿No somos súbditos, a nuestro pesar, de dos reinos: el de lo que es y el de lo que pudo ser y no fue, siempre ausentes en alguno de los dos? Nuestro hombre sí, sin duda –piensa, mientras observa al compañero que tiene más cercano en el despacho haciendo solitarios en el ordenador mientras deja pasar el tiempo, eso sí, presente, pero estando en ausencia. Repara entonces en el báculo de la tecnología para dar mayor asiento sensitivo a nuestra querencia por ausentarnos del mundo, que queda opaco a nuestra presencia merced a la pantalla. Ya no somos seres reales con cuerpos que están en lugares reales. Por obra y gracia de la magia cibernética somos mentes desligadas de sus cuerpos, en ausencia. Rara vez nos dejamos acoger por el mundo, pues solo transitamos, y si estamos, estamos en ausencia.

Donde está nuestra atención, siempre cautiva de la obligación y dispersa entre mil estímulos, cantos de sirena de un mundo virtual pero arrebatador, es donde estamos. Lo real necesita para existir humanamente, para ser mundo, para ser cosa con significado,  la importancia que le otorga nuestra atención. Gran responsabilidad para el humano. Pero a las cosas no les prestamos atención porque sean importantes; son importantes porque les prestamos atención. Estamos allí a donde atendemos. La plenitud se da cuando nuestra atención ama lo que atiende y entonces el estar nos colma de deleite y somos, íntegramente. En ello va la verdad de nuestro estar sin dobleces: el hombre íntegro, no el demediado, es aquel cuya mera presencia es aval suficiente para tener certeza de quien es. Su estar y su ser son uno y lo mismo: plenitud. El mundo es acogedor entonces.

¡Cuánto tiempo estamos donde no deseamos estar y, por consiguiente ausentes! Alienación moderna la del horario, que nos hace estar en ausencia, ya pre-ocupados por donde hemos de estar y no estamos, limbo del ser enajenado que nos conmina a vivir fuera de nosotros, sujetos a la pauta rutinaria que lastra nuestra (re)creatividad, pues nuestra presencia no nos pertenece, ya que es el tiempo en el que estamos, pero somos ausentes. Santa Mediocritas, patrona de los burócratas, tu presencia es tu impostura. La soledad es tu epifanía, que no conjura el estar con los demás, cáscara inerte del ser.

Al fin nuestro hombre certifica su salida en la máquina de control horario y abandona el lugar de trabajo. De vuelta a casa en el coche oye la radio: el presidente de Google España es entrevistado. Se muestra orgulloso de que en una empresa tan exitosa como la suya no haya horarios para sus empleados. Éstos se organizan el tiempo como creen conveniente y ello, a juzgar por los resultados, mejora su rendimiento. 

Los principios de la vida buena no bastan; han de ser convalidados por el supremo criterio de la economía.

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De dulces, difuntos, tenorios y calabazas

No está en nuestro ánimo pecar de casticismo, pero hemos de empezar este artículo confesando que estamos un poco cansados de Halloween. Y no es que no nos parezca divertido disfrazarnos; sobre todo de bruja con medias de red y faldita de vuelo o de vampiresa con un largo y ceñido vestido y los labios color rojo sangre. Ni que les hagamos ascos a las chucherías, aunque tomadas con moderación y lavándose los dientes tan pronto como se pueda, claro. O que no nos encante pasar miedo con una buena película de terror o reírnos a mandíbula batiente con una de esas tan malas que proliferan estos días en la tele...

Lo que ocurre es que es tan arrolladora la evidencia de la colonización cultural estadounidense que llegamos a ser más capaces de identificar un barrio neoyorquino que una céntrica calle de nuestra ciudad o de chapurrear un tema de hiphop mientras permanecemos en la más absoluta ignorancia de un solo verso flamenco, ese arte que hace poco menos de un año era declarado “Patrimonio inmaterial de la Humanidad”. Así que vamos a dejarnos de trucos y tratos y de calabazas y vamos a hacer un esfuerzo para recordar algunas de nuestras tradiciones. La celebración del Día de todos los santos y todos los fieles difuntos tiene como tantas otras fiestas, un origen religioso. Los católicos recuerdan ese día a todos los fallecidos en el seno de su iglesia. De ahí una de las tradiciones más arraigadas con la que vuestros mayores seguro que siguen cumpliendo: la visita al cementerio. Las floristerías realizan sus mayores ventas en las semanas previas al día 1 de noviembre, ya que muchas familias aprovechan esos días para dejar reluciente y decorado el lugar de reposo de quienes ya se han marchado. Si bien las costumbres funerarias están experimentando considerables cambios, lo cierto es que los cementerios respiran estos días vida y armonía. Lejos del miedo que suele asimilarse a estos lugares, la belleza monumental y paisajística de algunos camposantos, entre los que se encuentra el de Granada según un reciente itinerario cultural que lo incluye entre los más bellos de Europa, es innegable.

 

Y como no solo de estatuaria funeraria o de crisantemos vive el hombre vamos a recordar algunas de las apetitosas tradiciones culinarias vinculadas al Día de los Santos. Una de las costumbres que algunos ayuntamientos o asociaciones de vecinos se han esforzado por recuperar en los últimos tiempos es la “castañada”. Al amor de la lumbre, mientras las castañas recién recolectadas saltan y perfuman de otoño el ambiente, se cuentan historias de fantasmas y aparecidos, mientras el anís va calentando cuerpos y corazones. Parece ser que el origen de esta tradición es medieval y procede de la necesidad de recuperar fuerzas de quienes se encargaban de tocar las campanas en la víspera de Todos los Santos. Entre los muchos dulces que podemos saborear estos días, está el más humilde de todos, las gachas. Elaboradas a base de harina, leche, azúcar y canela y servidas con pan frito, sirven en algunos pueblos para que los niños tapen con ellas las cerraduras, evitando así que las almas en pena se cuelen en las casas. También los buñuelos de viento y los huesos de santo harán las delicias de todo el que se anime a degustarlas.

 

Y no podíamos dejar de lado una tradición literaria única que a duras penas se sigue manteniendo: la representación de Don Juan Tenorio. La obra de Zorrilla, una de las interpretaciones el mito de Don Juan que inauguró Tirso de Molina y que hasta el día de hoy se ha revelado inagotable, era un clásico de los escenarios españoles. Y año tras año se retransmitía por televisión el día 1 de noviembre. Generaciones enteras podíamos recitar casi íntegra la escena del sofá y sus muchas “variaciones” más chuscas que humorísticas la mayor parte de las veces. La obra se representaba en esta fecha porque los actos I y III de su segunda parte transcurren en un cementerio. Los vínculos de los rituales funerarios y el teatro pueden remontarse, no obstante, a lo que podríamos llamar drama funerario en la Antigua Roma: a las alabanzas fúnebres se añadía el coro de plañideras a sueldo, tanto más numeroso cuanto mayor era la categoría del difunto, que acompañaban el cortejo fúnebre dando alaridos de dolor, reclamando la vuelta del difunto, arañándose el rostro, mesándose los cabellos, rasgándose las vestiduras y contorsionándose. Era la gran pompa fúnebre, el espectáculo estremecedor que ofrecían los grandes hombres con ocasión de su muerte. No conformes con el ritual estrictamente funerario, las grandes familias romanas podían ofrecer al pueblo, dentro de las honras fúnebres de sus difuntos, la representación de una obra teatral, por lo general de carácter moral.


Es ancestral, por tanto, la vinculación de las representaciones más o menos dramáticas con los grandes temas religiosos. Y parece que en el tema de los difuntos, que nunca dejó de ser religioso por mucho que los ritos tuvieran formato profano, la representación de los muertos más o menos dramatizada, se mantuvo en muchos pueblos a lo largo de los siglos. Las procesiones de difuntos con el pretexto de enterrar este día a los muertos insepultos (por lo general, ajusticiados expuestos a la entrada de las poblaciones para aviso y  escarmiento de residentes y forasteros), con toda la parafernalia que las acompañaba, incluidos ciertos bailes austerísimos de calaveras, tenían una honda raíz dramática.  Mezclar por tanto Día de Difuntos y representación teatral no era nada nuevo. Por eso caló tan hondo el Don Juan Tenorio. No era la primera obra de este género ni tampoco la única representación teatral para recordar los difuntos. En ella podemos encontrar el origen de los disfraces de Halloween.

Y ahora, puede que estemos en mejores condiciones de elegir cómo va a ser nuestra Noche de Difuntos. Cualquier emoción que experimentéis no hará sino recordaros que le debemos culto a la vida. Y si de paso evitamos espectáculos como el que cierra este artículo, miel sobre hojuelas...


¿Qué les voy a decir?

¿Qué les voy a decir?

¿Qué les voy a decir?

Comienza un nuevo curso académico. El profesor, como en el mito de Sísifo, vuelve a encontrarse con la roca al pie de la montaña. En su caso la fatalidad no proviene de allende los hados; radica en su consciencia de que en su trabajo siempre habrá una importante cuota de fracaso. Es un trabajo que no luce en ningún momento culminante, nunca está acabado. Es una tarea del día a día que pocos reconocen, porque es silenciosa. No hay en el proceso ningún momento que cause admiración en la cultura triunfante del espectáculo. De hecho -recuerda el profesor- que en algún que otro anuncio publicitario de la televisión, el estereotipo que lo representa ante la sociedad es el de ejecutor de una tarea monótona, aburrida, ante jóvenes que apenas pueden disimular sus bostezos y que han de reprimir su vitalidad creativa (y ansiosa por consumir lo que se les publicita). ¡Qué lejos de ese héroe del balompié que mete un gol con el que justifica instantáneamente los millones que recibe por su valiosísima tarea social!

Oye el profesor en este enésimo inicio del curso, como suele ser habitual por estas fechas, debates en la radio, y también lee sesudas reflexiones de sociólogos y pedagogos en la prensa en torno a la educación en nuestro país. Estos tejedores de esa abstracción conocida como opinión pública hablan de fracaso escolar y de modelo educativo y productivo y de FUTURO (sí, así, con mayúsculas). “Sustituyamos el ladrillo por la neurona”, proclama algún gerifalte portavoz de uno de esos organismos internacionales que pontifican sobre el desarrollo de la economía en el mundo. Y concluyen a coro que hace falta “un gran pacto de Estado por la educación”. El profesor ríe por no llorar. Él, que es ya de largo un veterano en la brega de la enseñanza pública, no espera nada –nada bueno, se entiende- de los políticos. A este respecto le viene al recuerdo esa cita de Einstein, que sus alumnos todos le han oído en alguno ocasión aunque pocos recordarán, y que reza: “existen dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, aunque de lo primero no estoy seguro”. Ya hace tiempo que sabe que en nuestro Estado la educación es un asunto ideológico; que mediante todas esas leyes que, en cascada, se han sucedido desde que él empezó a enseñar, aderezadas con órdenes, decretos, circulares y normativas varias, no parecen existir indicios objetivos de una mejora de la calidad de la enseñanza, quizá porque en realidad nadie sabe medirla, porque nadie sabe definirla. (Es que este profesor es escéptico respecto a que todo sea cuantificable sin que perdamos noción de su esencia). Lo que sí experimenta -y en esto reconoce que su juicio puede errar presa de un cierto delirio paranoide-, es algo que, a falta de más precisa denominación, sólo atina a llamar síndrome del muñeco de ventrílocuo. Diríase que al profesor se le exige que eduque de acuerdo con ciertas directrices políticas y para ciertos fines económicos. No puede evitar preguntarse si aún tiene sentido invocar lo que para él siempre constituyó el germen del libre pensamiento de sus alumnos, la libertad de cátedra, fundamentada en el conocimiento del profesor; porque para él es evidente que ha sido sacrificada en aras a la uniformidad de un ideario hipócrita de lo políticamente correcto. Inspeccionado institucionalmente parece desconfiarse de él, se pone en duda sus competencias docentes y evaluadoras; hay quien incluso desde los aludidos crisoles de la opinión pública afirma con autoridad que uno de los problemas de nuestra educación son los profesores, incapaces de estar a la altura de los retos del siglo XXI, anacrónicos tecnológicamente y empecinados en seguir enseñando según los cánones magistrales del siglo XIX.

Pero lo cierto es que en este momento, a pocos días del comienzo de las clases, el profesor no presta atención a todo esto. Le preocupa el primer día de clase, cuando tenga que enfrentarse a sus alumnos. ¿Qué les va a decir? Él quisiera hablarles del amor al conocimiento, pero duda que tenga sentido para ellos, que viven inmersos en un frenético universo mediático en el que triunfa la opinión que más seduce en la arena del circo de las pantallas, no la que más verdad contiene. Y hablarles de honestidad se torna dolorosamente ingenuo, pues a donde miren encontrarán ejemplos en abundancia de lo contrario entre los próceres de la patria. ¿Pueden reconocer el valor del pensamiento crítico en una sociedad en la que parece premiarse la mediocridad miedosa de quienes hacen carrera mediante la práctica de la loa incondicional a los poderosos, mientras prosigue sin fin el éxodo de los jóvenes que cultivan con denuedo sus talentos?

Así, el profesor se ve a sí mismo como un perfecto inútil, incapaz de ofrecer nada que sus alumnos puedan desear; solo, en una tarea en la que pocos en nuestra sociedad demuestran un genuino compromiso.

(Foto: El muro de Pink Floyd y Alan Parker)

Tesoros

Tesoros

 

Hoy, como otras veces, salvé las siete esclusas de seguridad, evité los guardianes y las alarmas y descendí hasta el tercer nivel del subsuelo con mi saco vacío a la espalda. Ahí estaba el tesoro de Troya (copas de oro, collares y diademas engarzadas, hachas-martillo, máscaras de plata y lapislázuli), la Quimera etrusca de Arezzo, la cabeza de alabastro traslúcido de la reina de Saba, el tesoro de Atila y el de Jabhur Jan, las dos puertas de Ubar (la Atlántida del desierto) engalanadas cuatro mil años antes con las más preciadas joyas y metales, ahí estaban reunidas, en largas y ordenadas hileras, todas las grandes maravillas de la antigüedad: fruslerías. Pasé de largo. Me adentré en la sala que reproducía, invertida, una cúpula gigantesca. A la luz de los hachones, mientras me punzaba una extraña mezcla de miedo y alegría, contemplé de nuevo el más espléndido de los tesoros, vedado al común de los mortales. Cualquiera podría matar o morir por esa visión gloriosa, por esa plétora, por esa infinita cornucopia oculta en el silencio de las profundidades. Amontonadas escrupulosamente como lingotes idénticos, me esperaban, llenas de promesas, incólumes, las Horas Perdidas. Abrí la boca del saco.

Àngel Olgoso

La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)

 

15 trucos para buscar (y encontrar) en Google

15 trucos para buscar (y encontrar) en Google

 

         A lo largo de tres sucesivas entregas os presentaremos quince útiles trucos para que aprendáis a buscar en Google eficiente y exitosamente:

 

           1.-Búsqueda de trabajos académicos – Profesor y estudiantes pueden encontrar información por ejemplo sobre el paleolítico a través de Google Académico. Google Académico es una excelente manera de encontrar contenido que ha sido revisado previamente por compañeros de profesión, dentro de una tesis, editoriales académicas, revistas y más.

 

       2.-Búsqueda de una palabra dentro de un sitio web – Google te permite buscar una palabra específica en cualquier sitio web. Este hecho permite a tus alumnos encontrar respuestas más rápidamente a cualquier pregunta que les plantees. Por ejemplo, si desean encontrar cuando nació Goya, escribirías en Google “sitio:wikipedia.com Goya nació“. Clic para ver los resultados.


           3.-Búsqueda de documentos específicos. Si quieres encontrar una presentación de powerpoint o un pdf sobre la Guerra Cívil Española, por ejemplo, utilizas el siguiente término de búsqueda: “guerra civíl española” filetype:ppt o “guerra civíl española” filetype:pdf. Tendrás un listado de material sobre cualquier tema que puede ayudarte a presentar una lección o completar un trabajo. Funciona con cualquier tipo de archivo (.xls, .doc, .jpg, etc)

 

       4.-Encontrar la definición de una palabra rápidamente usando simplemente “define:”. Por ejemplo buscas la definición de poema, escribes define:poema


        5.-Corrección de ortografía. Utiliza Google para saber cómo se escribe correctamente una palabra. Teclea las primeras letras de una palabra o escríbela entera y si la ves en la lista de sugerencias, entonces está correctamente escrita.

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Día de la Filosofía

Día de la Filosofía

        Es incontable el número de veces que se ha declarado rotundamente la defunción de la filosofía. Por su inutilidad, por su anacronismo, por su complejidad… ¿Para qué queremos la filosofía, ese producto cultural nacido del pensar racional y libre del ser humano, si ya tenemos la ciencia para decirnos cómo es la realidad, la tecnología para manipularla, la ideología para dotarla de sentido? Y sin embargo… ¿Qué lugar queda para la sospecha? ¿Quién se mantendrá permanentemente insomne si todo lo anterior cae en el letargo de la autocomplacencia?


        Porque siempre hay una idea que nadie ha pensado aún, y siempre habrá alguien cuya mente indagadora acabe por alumbrarla, ofreciéndola a los demás para profundizar en la comprensión de las cosas y de nosotros mismos, la filosofía, siempre insatisfecha por intrínsecamente humana, seguirá buscando en el abismo insondable de la razón.


        Y vendrán ministros torpes que querrán acabar con ella por decreto, como el nuestro actual; pero eso no impedirá que se siga filosofando en las instituciones de enseñanza, en los bares, escribiendo sesudos libros o dialogando con amigos y amantes, en situaciones de penuria o en dichosos encuentros plenos de intensidad y belleza. Son ya más de dos mil quinientos años de ideas del ser humano para el ser humano, que le han proporcionado ciencia y ética, y que le han conducido a transformaciones sociales, económicas y políticas, apartándole de la ignorancia, la superstición y la sumisión.


        En el expositor del vestíbulo de entrada a la biblioteca, tenéis unas pocas plasmaciones materiales de todo lo anterior. Libros clásicos, como los de Platón, el gran filósofo ateniense de hace veinticinco siglos pero de absoluta actualidad; suya es la advertencia de que siempre habrá injusticia si el que gobierna no es un hombre sabio. Junto a él, Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán que alumbra el siglo XX con un mensaje radical que aboga por que el ser humano crezca aceptándose de una vez por todas como realmente es. Ludwig Wittgenstein, desaparecido hace medio siglo, es el filósofo del lenguaje, el que nos hace conscientes de que somos palabras. Y está nuestro Fernando Savater, seguramente el mejor divulgador de la filosofía en lengua castellana de la actualidad.

 

José Mª Agüera

Pajarillos y mimos

Pajarillos y mimos
JULIETA: Es casi de día. Dejaría que te fueses, pero no más allá que el pajarillo que, cual preso sujeto con cadenas, la niña mimada deja saltar de su mano para recobrarlo con hilo de seda, amante celosa de su libertad.
ROMEO: ¡Ojalá fuera yo el pajarillo!
JULIETA: Ojalá lo fueras, mi amor, pero te mataría de cariño. ¡Ah, buenas noches! Partir es tan dulce pena que diré « buenas noches » hasta que amanezca. [Sale.]
**
CARMEN III (Catulo)
Llorad, tanto Gracias y Cupidillos,
como todos los hombres más sensibles.
El gorrioncito de mi niña ha muerto,
el gorrioncito, joya de mi niña,
a quien amaba más que a sus ojitos;
pues de miel era y conocía, como
la hija conoce a su madre, a su dueña;
nunca se apartaba de su regazo,
sino que, saltando a su alrededor,
piaba constantemente para su ama.
Y ahora hace un camino de tinieblas,
hacia un lugar de retorno prohibido.
Sed malditas, malas sombras del Orco,
que devoráis todo lo precioso;
me arrancasteis este gorrión tan lindo.
¡Oh, acción malévola!¡Oh, gorrión perdido!
Ahora, por tu culpa, los ojitos
hinchaditos de mi niña se enrojecen.

***

Y una mascota somnolienta: Piticli bonico


 

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Celebramos el Día del libro

Celebramos el Día del libro

Como el que no quiere la cosa, nos hemos plantado en ese mes al que alguien llamó el más cruel. Y se acerca una de las fechas más significativas del calendario cultural: el Día del Libro. Para celebrarlo como es debido, el Departamento de Lengua y literatura y la Biblioteca convocamos tres concursos: uno de narrativa, otro de cortometrajes y un tercero de fotografía con las siguientes bases: 

NARRATIVA